• 20 mayo 2015

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    Posteado en : Reportaje

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    Cooperación: Violencia cero en Argentina

    En la semana en la que la OCDE presenta su informe sobre la evolución económica de América Latina, nos acercamos a la realidad de Argentina gracias a EUROsociAL.

    El programa de cooperación europea, EUROsociAL, centra su trabajo en la cohesión social y el desarrollo de varios países en Latinoamérica. Uno de ellos es Argentina dónde, en colaboración con el Ministerio de Justicia, se trabaja en varios proyectos de acceso a la justicia y prevención de violencia.

    Han sido los chavales del programa “Jóvenes con más y mejor trabajo” del Centro de Acceso a la Justicia de Santiago del Estero, quiénes han llevado a cabo una campaña contra la violencia institucional. Entre las acciones realizadas destaca la creación de un mural con el lema de la campaña “No me pongas la mano encima”, un espectáculo de radio “a micro abierto” y una performance callejera.

    Violencia en la calle

    La IDLO, organización internacional de apoyo a la justicia, (con apoyo de EUROsociAL) realizó un taller en el norte de la provincia de Santiago del Estero para capacitar a los jóvenes en la creación de sus propias campañas de concienciación sobre los derechos, y casi no había debate: la “violencia institucional” -y en particular los malos tratos que sufren los jóvenes a manos de la policía- debería estar en el centro de sus acciones.

    Según la IDLO, en  Argentina, los chicos que pasean por las calles saben que ser detenidos, perseguidos y posiblemente arrestados por una patrulla que hace su ronda es un escenario muy posible.

    En la mayoría de los casos, no hay una razón real para ello. El pretexto más habitual es “portación de rostro” o “tener pinta de” –la apariencia es lo que les hace sospechosos. Llevar un chándal o una gorra de baseball es una circunstancia agravante. En un momento estás hablando con tus amigos, y al minuto siguiente estás de cara a la pared, tus pertenencias desperdigadas por el pavimento y unas manos cacheándote en busca de armas o drogas.

    Desde 2013, EUROsociAL viene consolidando varias herramientas de las políticas de acceso al derecho orientadas a distintos grupos vulnerables: además de los jóvenes protagonistas de esta historia, se ha promovido el derecho a la justicia para mujeres migrantes en Costa Rica, mujeres víctimas de violencia en Honduras, mujeres víctimas de trata en Chile, población indígena en Perú y jóvenes afrodescendientes en Brasil”.

  • 14 mayo 2015

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    Posteado en : Opinion

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    Discapacidad y revolución en Túnez

    El trabajador de la FIIAPP Diego Blázquez cuenta cómo afrontó el reto de desplegar en Túnez políticas orientadas al empoderamiento de las personas con discapacidad en un periodo de convulsión social y política.

    Cuando llegué a Túnez, en las navidades de 2011, la transición había hecho que todos los aspectos de la vida en Túnez fueran políticos: la forma de vestir de mujeres y hombres, cómo se llevaba la barba o el pelo, qué mezquita frecuentabas, la radio que escuchabas, el periódico que leías… y también la discapacidad. El desafiante contexto de la transición política y la vulnerabilidad de las políticas de discapacidad, anteriormente bajo la tutela directa de Ben Ali, motivaron que la discapacidad dejara de figurar entre las prioridades de la Administración. Sin embargo, en el mismo contexto de la Revolución pronto surgieron nuevas organizaciones de jóvenes con discapacidad que querían denunciar los abusos anteriores, reformar las instituciones preexistentes, e igualmente se produjeron disensiones dentro de las grandes organizaciones clásicas, la construcción de nuevos liderazgos asociativos, nuevas reivindicaciones de participación y transparencia…

    Hace un año que dejé el país. Viví y trabaje allí durante dos años y cuatro meses como experto de la Fundación Internacional y para Iberoamérica de Administración y Políticas Públicas (FIIAPP). Tuve la inmensa fortuna profesional y personal de vivir prácticamente toda la transición política desde el interior de la Administración tunecina y en contacto directo con su sociedad civil, y más concretamente con uno de los colectivos más vulnerables: las personas con discapacidad.

    Llegué a Túnez en una situación privilegiada, como consejero residente de un proyecto de hermanamiento de la Unión Europea: los llamados twinnings, en argot comunitario. Se trata de una herramienta de cooperación institucional de la Comisión Europea, que en España gestiona la FIIAPP, que pretende favorecer el acercamiento de la gestión administrativa y las políticas públicas entre los países vecinos de la Unión. En mi caso, se trataba de apoyar el desarrollo de políticas de inclusión de personas con discapacidad en el nuevo marco que impone la Convención de Naciones Unidas.

    Aproveché el paréntesis vacacional de las Navidades de 2011 para realizar la mudanza y el traslado de mi familia. Al iniciar enero, ya estábamos allí los cinco con un gusto de aventura en todos los sentidos, a pesar de estar sólo a dos horas de avión de Madrid. Esas semanas nos recibió el mayor temporal invernal registrado desde que en Túnez se recogían datos meteorológicos, incluida la mayor nevada en el interior del país en 40 años. Sería un presagio de que las cosas no resultarían tan fáciles como habíamos pensado.

    Después de unos inicios muy difíciles sin poder realmente establecer una interlocución efectiva con nuestros socios de la Administración tunecina, poco a poco pudimos ir orientando el trabajo a través de una serie proyectos-piloto en materia de educación inclusiva y programas de empleo. Los avances se produjeron sobre todo gracias a la acción de un grupo de organizaciones de la sociedad civil que, siguiendo el modelo del CERMI español, se constituyeron en un potente lobby de presión que permitió regularizar la situación laboral de los trabajadores de los casi 300 centros de atención a las personas con discapacidad con que cuenta Túnez, y pactar con el Ministerio de Asuntos Sociales un nuevo cuadro de financiación estable basado en objetivos e indicadores de calidad.

    Este momento fue sin duda el punto de inflexión del proyecto, ya que permitió crear un nuevo ambiente en el que, a pesar de las dificultades y discusiones, se había generado de nuevo una estructura básica.

    Sin embargo, el contexto general puso, de nuevo, las cosas difíciles al estallar una primera oleada de violencia política que comenzó en junio de 2012 y que culminaría seis meses más tarde con el asesinato del abogado de derechos humanos y diputado de la izquierda laica Chokri Belaid, aunque quizás a efectos internacionales el episodio más conocido fuera el asalto y destrucción de la Embajada de Estados Unidos.

    Personalmente, esas vivencias me retrotrajeron a mi infancia en la transición política española. Al ver a mis hijos disfrutar divertidos de los días sin colegio que se sucedieron en estas situaciones, me recordaba a mí mismo disfrutando de momentos similares en la España de los setenta, mientras no era capaz de ver en los ojos de mis padres la preocupación que vivían, como espero que mis hijos no la vieran en mí en esos momentos.

    Finalmente, logramos elaborar un documento de estrategia nacional de la discapacidad; formamos un grupo de unas 30 personas para afrontar la reforma de la educación especial y llevamos proyectos piloto de esta reforma en cinco escuelas de Túnez y su área metropolitana. Incluimos en los proyectos piloto de educación inclusiva a padres, madres y maestros, inspectores educativos y dimos oportunidades a muchas personas, como Kauser.

    En el caso de las políticas de empleo para personas con discapacidad, intentamos romper su marginalidad en el mercado laboral poniéndolas en contacto con las empresas, mejorando los programas de capacitación profesional y sensibilizando a los empresarios acerca de las ventajas que puede tener la diversidad en las plantillas. La experiencia de Fundación Inserta fue clave en ese sentido. Y formamos en cada provincia un pequeño equipo sociolaboral que podría atender de manera coordinada a las personas con discapacidad.

    A pesar de ello, muchas cosas quedaron por hacer, pero me marché de Túnez con la satisfacción de haber dado lo máximo de mí en un contexto muy difícil que los tunecinos compartieron con generosidad conmigo y con mi familia.

    Me fui de Túnez amando el país, amando a sus gentes, su clima, su cultura, sus calles… Y con el sabor agridulce de querer participar aún más y mejor en ese espíritu de reforma que me invadió dos años y cuatro meses atrás, cuando llegué por primera vez al país. El futuro de Túnez es el futuro de todos los que vivimos a orillas del Mediterráneo, por eso sufrí con los tunecinos con el atentado del maravilloso museo de El Bardo. Y por eso quiero utilizar estas líneas para invitar a todos a apoyar la Revolución tunecina del Jazmín perdiéndose este verano por sus playas, montañas y desiertos. Compartiendo sus riquezas arqueológicas y naturales. Beber un vino Kurubis o una cerveza Celtia mirando el azul milenario del Golfo del Cartago, y consolidar de esta manera la libertad y la dignidad de nuestros vecinos, y la nuestra.

    Diego Blázquez es experto de la Fundación Internacional y para Iberoamérica de Administración y Políticas Públicas (FIIAPP). Este artículo también se puede leer en Planeta Futuro.